SOS COSTA GRANDE

Misael Tamayo Hernández in memoriam

México engordó. Somos un país de gordos. 70 de cada cien mexicanos adultos estamos gordos, obesos, tenemos sobrepeso y eso significa solamente una cosa: ENFERMEDAD.

Somos tan gordos que ya los gringos, tan grandotes y voluminosos, nos quedaron chiquitos. Somos tan gordos que ya hasta los niños nacen obesos. Y antes decir gordito era decir saludable. Eso pensaban nuestras abuelas: siempre que veían a algún gordito o gordita decían “¡Ay!, mira, qué lleno de vida”. Eso se entiende porque ellas pertenecieron a una generación donde no había suficiente disponibilidad de alimentos, la generación de las guerras, tiempos aquellos en que el que comía frijol y tortillas era considerado rico, y si comía carne alguna vez a la semana es porque tenía de sobra.

Desde luego, los gorditos de tiempos de las abuelas eran, realmente, personas saludables. O no es que fueran gorditos, simplemente es que el resto de los niños eran flacos o padecían algún grado de desnutrición. Esa es la otra cara del México enfermo, un país que en menos de 20 años pasó a ocupar el primer lugar en el número de adultos gordos y, también, lamentablemente, en el número de niños obesos, lo cual sí es una verdadera desgracia.

El presidente Felipe Calderón tuvo que salir a poner su cara de chacape para reconocer que las transnacionales a las que se les han dado todas las facilidades para que consoliden su guerra comercial expansionista en nuestro país, han logrado su objetivo: ellos han amasado fortunas sin precedentes, vendiéndonos productos chatarra y provocando una transculturización alimenticia. De paso, han contaminado nuestro ambiente con sus envases plásticos, sin que nada ni nadie les obligue a reciclarlos. Tampoco nadie les cobra un impuesto, como sucede con las tabacaleras y las empresas vinícolas y de licores, para financiar las campañas de alertamiento a los ciudadanos, para que conozcan los riesgos de consumir productos como la coca cola, las hamburguesas y toda la variedad de fast food que nos entró por la frontera norte, incluidos los productos Kellogs, que como ya se demostró tienen hasta un 40 por ciento de su peso en azúcar.

Al contrario, a los ciudadanos todavía se nos sigue diciendo que comer Sabritas es saludable, o que consumir un sándwich de jamón es más saludable que llevarse a la boca un taquito de frijoles. O que el desayuno se puede sustituir comiendo Corn Flakes o Sukaritas de Kellogs, que por sí mismos no alimentan ni a un ratón, salvo por la inmensa cantidad de azúcar que tienen, y que por ello debieron obligarlos hace años a enriquecerlos con vitaminas y minerales, que tampoco nadie nos garantiza que sean asimilables por el cuerpo.

Expertos en mercadotecnia, los publicistas de las grandes transnacionales enfocan sus baterías hacia los niños, un grupo social inerme ante esa guerra, y lo obnubilan con todo tipo de baratijas alimenticias.

A los padres se nos ha dejado la tarea de ir regulando lo que el libre mercado nos lanza sin control. Pero se nos olvida que nosotros mismos, los de esta generación cuerenteña, somos producto de la primera gran oleada de la apertura económica. Para todos los menores de 50 años, las Sabritas ya existían en nuestro entorno, y poco a poco los embutidos y las carnes frías fueron ganando terreno en el comercio, creando un sentido de status para los que lo consumían. En nuestras escuelas, los niños “bien”, llevaban en su lonchera un sándwich de pan bimbo con jamón. Los pobres teníamos que conformarnos con un envoltorio en el que nuestras amorosas madres nos hacían nuestros taquitos de frijoles, con un trocito de queso (si es que lo había) y una salsa de molcajete o un chile jalapeño en medio. Y nada de coca, porque la coca era para los ricos. Nosotros los pobres teníamos que conformarnos con una simple aguita de limón. ¿Cuántos de nosotros, sin saber de nuestro error, llegamos a intercambiar nuestros tacos de frijoles por un sándwich? ¿Y cómo ese sándwich nos supo a gloria y a partir de entonces renunciamos a nuestra fortuna de comer taquitos de tortilla nixtamalizada con quesito y chile?

Es decir, estos padres que estamos educando a la generación perdida, somos nosotros mismos producto de esa transculturización. En nuestra conciencia se incubó la idea estúpida que tomar coca cola en lugar de cafecito de olla, era mejor y además nos hacía sujetos de importancia, sin entender que la coca cola nos alimentaba más el ego que el cuerpo. Ahora las madres modernas se llenan la boca negándoles a sus hijos una simple taza de café, pero no dudan en llenarles un vaso de coca cola.

¿Cómo parar toda esta epidemia? Llevará el doble de años que nos tomó engordar al país, crear la conciencia social acerca de una adecuada alimentación. Tendrá que morirse el último niño gordo de la nación, para que la educación de las nuevas generaciones rinda fruto. Y eso, si comenzamos desde ahora a reorientar los criterios alimenticios y de pasatiempo, tal y como sucedió en los Estados Unidos. ¿Pero, nos puede decir el presidente Calderón qué hará, además de salir a dar conferencias de prensa, para que en cada hogar exista la información suficiente acerca de los beneficios de una alimentación adecuada, y que se cambie el concepto de lo mucho por lo bueno? Si Calderón hará con el caso de la obesidad, lo mismo que con el Sida y el cáncer cérvico uterino, ya estamos fritos.

Además, ¿se lo van a permitir sus amigos los empresarios, sobre todo las televisoras que viven de la publicidad desmedida de las empresas surtidoras de chatarra? Obvio, no. Nuestros diputados, particularmente los que encabezan las comisión de Salud, podrán tener la gentileza de lanzar una iniciativa de cobros de impuestos a las chatarreras, para usar ese dinero en campañas de información o prevención? Obvio, no. A nadie de los que ahora están en el poder les conviene que los mexicanos dejemos de envenenarnos con chatarra, porque de este negocio se alimentan unas cuantas trasnacionales que son las que se menean en este paraíso fiscal, a las que el gobierno les ha creado una aberrante plataforma de exenciones de impuestos, poniendo al pueblo de México como carne de cañón.

Lo que como padres hagamos por nuestros hijos, y por nosotros mismos, será lo único que cuente. Y debemos hacerlo, sino queremos ser la primera generación en enterrar a nuestros hijos. Porque ya se dijo, estamos criando a la generación de niños que habrá de morir antes que sus padres.

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