Libre competencia.
Desde el primero de enero de 1994, cuando México “entró al primer mundo”, como dijera en su momento el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, el Estado Mexicano tuvo que vender empresas que regulaban los precios en mercado nacional, es decir, si la ciudadanía no podía adquirir un producto caro de importación las nacionales ofrecían un mejor precio e igual calidad, pero se borraron las fronteras al comercio y empezaron los problemas por la inequidad en los costos, para dar paso al libre comercio.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, como también se le conoce al TLC), implicaba el intercambio de productos entre Canadá, Estados Unidos y México, en los que solamente competirían los mejores precios y la calidad de lo que se vendiera entre cada uno de esos países, sin restricción en el intercambio, ni desventajas locales para ello.
Es decir, los productos diversos cruzarían las fronteras sin que hubiese más canonjías a favor de uno de los firmantes, y el pero comenzó con el mercado de Estados Unidos, con la restricción en la compra de atún, primero, porque supuestamente en su pesca se capturaba a especies en extinción, y entonces en ese rubro predominó el pescado estadounidense.
Luego, se restringió el paso de nuestros tráileres con productos mexicanos que iban a ser puestos a la venta en suelo norteamericano y que llegarían hasta Canadá, con el argumento de que contaminaban el medio ambiente, aunque los vehículos de ese país se encontraran peores que los mexicanos.
Incluso, el gobierno de Estados Unidos es más proteccionista que cualquier otra nación del mundo, porque protege a sus productores de la llegada de las ventas distintas que proceden ya no de quienes signaron el TLC, sino de otros países del mundo, porque únicamente permiten la venta de los suyos.
De esa manera, mientras en México se permitió la compra de productos del vecino país, en el nuestro se impidió la venta de exportaciones con diversos argumentos que, en realidad, únicamente tienen como fin el proteger a sus productores y a nosotros que nos lleve la tostada, pero hay libre mercado.
Desde la entrada en vigor del TLC, se cerró la difusión a mensajes como aquél que decía: “Lo hecho en México, está bien hecho”, porque iban a llegar mercancías de otras naciones, y esa frase significaba cerrar el paso al intercambio internacional, es decir, sería un mercado cerrado para las exportaciones de quienes se involucraron en el famoso tratado comercial.
Esto también representó que la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) dejaría de vigilar el alza de precios en general, y solamente se constreñiría a revisar algunos productos, como son los energéticos, y ya.
Y mientras nuestros vecinos se enriquecen, en México los productores y consumidores van de mal en peor, debido a que se les restringen las ventas en el extranjero, y la ciudadanía tiene menos posibilidades de comprar más barato y de mejor calidad por el cierre de nuestras propias empresas. Por eso han despertado de la frase del: “Lo hecho en México está bien hecho”.
