SOS COSTA GRANDE
Misael Tamayo Hernández in memóriam
Mi padre decía que México era un país tan rico, que ha sobrevivido a más de 400 años de saqueos. Después de la Revolución, su riqueza, expresada en sus abundantes recursos naturales, lo diferenciaban de otros países de Latinoamérica, a los que la corrupción oficial y las devaluaciones económicas los postraron al borde de la hambruna y los sometieron a sangrientas dictaduras militares, aun en la segunda mitad del siglo XX, mientras el país del PRI se industrializaba, alejándose de una economía eminentemente agrícola y sumergiéndose lentamente en el sueño maldito del primer mundo.
En nuestro país, hasta antes de los años 80, el rostro de la pobreza era distinto al de ahora; vivíamos en un país pacífico, relativamente, y la economía de fronteras cerradas permitía a todos un amplio mercado nacional, aunque para entonces también había un selecto grupo de exportadores. El proteccionismo estatal mantenía redes comerciales seguras para los granos básicos, por ejemplo, de modo que los campesinos se dedicaban a producir, guardaban su “gasto del año” y el excedente se lo vencían a la Conasupo.
Decíamos que la cara de la pobreza era otra, porque todavía nuestros ríos eran limpios y tenían producción propia, en tanto que nuestros bosques lucían sus macizos de árboles que permitían la regulación del clima y la recarga de las cuencas. La economía agrícola era eminentemente familiar, y la ganadería de traspatio tanto de especies mayores como menores complementaba la dieta familiar en cuanto al aporte proteínico. Recuerdo aquella frase de mi abuela cuando íbamos a visitarla: “No hay nada qué comer, maten un pollo”. Ahora, ese pollo lo tiene que ir a buscar al mercado, y por la carestía se convirtió en medio pollo y actualmente, solamente las alitas se consiguen.
En el campo se carecía de agroindustrias, y las que se tenían eran más bien colectivas, como las uniones de ejidos creadas en los años 70. Se contaba, en cambio, con un esquema de créditos refaccionarios y de avíos, para sostener la economía rural.
Entonces, el país todavía no le veía el rostro a la economía de mercados abiertos, que facilitó la incursión de empresas trasnacionales a saquear nuestros bosques, a monopolizar las cadenas productivas y a tragarse el mercado para colocar sus productos agrícolas, dejando a los productores nacionales con su producción en mano, e imposibilitado por miles de razones para expandirse allende las fronteras.
La industrialización, las tardías leyes para proteger al medio ambiente (la ley actual data de 1994), las exportaciones de recursos no renovables, como la madera, y la corrupción oficial, convirtieron poco a poco a nuestro México en una cloaca.
Así, hay zonas de ríos que, sin embargo, usan agua de pozos para sus sistemas de riego, porque los embalses están sumamente contaminados con las descargas residuales domésticas y de las industrias circundantes. Las especies de agua dulce que antes alimentaban a la población se acabaron, y se ha pronosticado que los principales ríos de Guerrero estarán muertos en 10 años, lo mismo que las reservas boscosas.
Y cuando leo que los pocos recursos que todavía se mantienen disponibles para el campo, los acapararon los ricos y los funcionarios públicos, entonces recuerdo a mi padre, cuando negaba que México fuera un país pobre. Él decía que México era un país de pobres, pero no un país pobre en sí mismo. Además de eso, somos un país gobernado por hombres corruptos que, sin embargo, son tolerados por el sistema.
Creo ahora que México es un país rico, cuando se tienen 500 millones para entregárselos a una empresa trasnacional, justamente del Programa de Apoyos Directos al Campo (Procampo). Y creo también que somos un país de pobres, cuando me entero que a través de ese mismo programa, los que parten el queso allá arriba entregan apenas mil pesos a los pequeños productores, dinero que no les alcanza ni para cubrir el 10 por ciento de lo que cuesta habilitar una hectárea para siembra de maíz.
Luego del escándalo del Procampo, el secretario de Agricultura, Francisco Javier Mayorga Castañeda, debiera estar ya de patitas en la calle; en cambio, sigue en su cargo y hasta dijo que no va a renunciar al subsidio del Procampo ni por ética, porque es legal.
Por supuesto, el crimen tiene muchas caras, y apropiarse de los subsidios al campo destinados a las clases desprotegidas social y económicamente, es un crimen. El crimen no solamente tiene cara fea, sino que también hay criminales refinados, limpios y que visten de traje, que se hacen llamar “señores”, y cuyos nombres figuran en los organigramas de las instituciones de la República.
Los dejo con esta reflexión, amables lectores y lectoras, porque de este asunto hay mucho que decir, pero mucho más que hacer.
¿Y todavía insiste el PRD en su alianza poquitera con el PAN? Bueno, que con su PAN se lo coman.
