Doña Tachita, una heroína anónima de todos los días
*Tiene 72 años, vende productos por catálogo, estudió inglés por correspondencia, como ahora aprende cocina
CREVEL MAYO GARCÍA
Petatlán.— Diario camina por lo menos un kilómetro para vender productos por catalogo porque sabe que además de mantenerla ocupada, obtendrá su sustento diario.
Se trata de Doña Tachita Rivera, tiene 72 años. Vive sola, pero no quiere depender de nadie. Siente que los días son muy pequeños y que la vida ha sido fácil porque trabaja desde los tres años.
Se presenta como una mujer afortunada porque su dice que no tiene problemas de salud.
Para ella “la vida es bonita y hay que vivirla”. A pesar de que no todas las de su edad tienen garantías por parte del Estado para terminar sus años sin preocupaciones, “no hay cosas imposibles, solamente algunas difíciles, pero debemos enfrentarlas con mucha confianza, para poder salir victoriosas.
A su edad, doña Tachita, estudió ingles por correspondencia y cursa cocina por el mismo medio. Para ella una mujer por más humilde que sea, siempre es digna de respeto y admiración. Pero también deben luchar por lo que quieren a brazo tendido para obtener lo que deseen, porque es una satisfacción lograr lo que uno desea.
“El mundo es como tú lo quieras ver, no tropieza aquél que no camina. No debemos ver el lado negativo de los errores, siempre debemos buscarle el lado positivo porque al final de cuentas es un aprendizaje”, dice ella que todavía lucha por salir delante.
Le ha faltado amar, contar con más tiempo para adorar a su Dios, sin embargo se siente una mujer plena porque comió, bebió lo que quiso, viajó en burro, caballos, coches, ferrocarriles, metro, barcos y hasta en avión.
Para vivir otros días más, evita los refrescos, las carnes rojas y es más asidua a comer verduras, frutas y vegetales.
Es una mujer ocupada, casi no tiene tiempo libre porque lleva consigo una agenda de actividades que la lleva a Petatlán y Zihuatanejo, donde acude con frecuencia a recoger su mercancía o a trámites.
Doña Tachita, no comparte la idea de sus pares jóvenes que a su corta edad optan por escapar por la puerta falsa, por miedo a enfrentar problemas como embarazos prematuros, porque para ella todo tiene solución y si no la hay, hay que resignarse.
Para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, Despertar de la Costa, buscó una historia de éxito, de esas heroínas que no ocupan las páginas de los periódicos o de las revistas de caché, y encontró a Anastacia Rivera, a quien cariñosamente le dicen doña Tachita, y quien jamás ha pensado en pedir limosna, le apuesta al trabajo.
Nació el 8 de abril de 1937, en El Coacoyul, municipio de Zihuatanejo, hija de los señores León Rivera Yáñez y Francisca Gamiño Ceja; el primero muerto de una pulmonía, cuando ella apenas tenía 2 años. Su madre falleció en 2007, por problemas en los riñones.
Con la muerte de su padre, vivió con sus abuelitos en la comunidad de El Chino, donde su mamá se empleó en quehaceres del hogar, a la ordeña de vacas.
En su memoria vive el recuerdo de que cuando tenía 3 años, su abuelito le enseñó a sembrar frijol, actividad que rápido aprendió porque siempre la relacionaba con el juego y le parecía divertido. Tuvo la inquietud de estudiar y su mamá con sus abuelitos le propusieron que fuera a vivir con sus padrinos de bautizo en Petatlán, donde estudió la primaria en la única escuela que había en ese tiempo, la Cristóbal Colón.
Después de estudiar la primaria, cuando tenía 13 años partió rumbo a Cuernavaca, Morelos, donde estudió Corte y Confección, a sugerencia de algunos familiares; recuerda que allá estuvo dos años estudiando y trabajando para sostener sus estudios.
Vivir en la casa de la hija de sus padrinos mucho le ayudó porque contaba con un techo donde vivir, aunque la situación económica no era favorable. Después de concluir sus estudios regresó a Petatlán a poner su negocio de costura, mismo que ejerció por varios años, tiempo en el que además, le ayudaba a una persona que tenía una estética para practicar esa actividad porque era uno de sus anhelos aprender cultura de belleza. Cuando se sintió segura económicamente, optó por volver a Cuernavaca a estudiar belleza.
Ahí, después de navegarle un poco porque las academias eran muy costosas y sentía que sus recursos económicos no le bastarían, ingresó a la academia de belleza Gloria Harrow, le propuso a la instructora que le permitiera ser su ayudante en los cursos que impartía en el Seguro Social y así se fue ganando la confianza.
Terminada la academia regresó a Petatlán, donde con el apoyo y la buena voluntad de conocidos y familiares logró cambiar el local de costura por un salón de belleza, donde sentía que los días eran pequeños porque nunca le daba tiempo de hacer todas las actividades previstas en un día, incluso por eso agarraba parte de la noche.
A los 32 años, se casó con el amor de su vida, al hombre que conoció de niña, ambos estudiaron la primaria, pero la relación no fue un éxito, porque ella se quedó enamorada del niño, la relación con el adulto era totalmente diferente, él tuvo que irse a trabajar a Nicaragua, donde hizo una nueva vida.
Agradece que de esa relación tuviera una hija a quien siempre ayudó para que siguiera estudiando, mientras trabajaba arduamente en cultura de belleza.
Doña Tachita es una muestra del vigor, del amor a la vida, del optimismo y las ganas de seguir viviendo, no importando las adversidades que se presentan.
Finalmente la entrevistada nos regaló una reflexión: “los niños aprenden mucho de lo que ven de sus padres y no de lo que uno les dice. Lo que ven es lo que aprenden. Recuerdo una vez me tocó ver a un papá y su hijo, donde el hijo le dijo al papá: -tú quieres que haga lo que tú no hiciste, tus palabras me llevan, pero tu actitud me arrastra”.
Aconsejó que debemos tener mucho cuidado con nuestras acciones porque somos los maestros de nuestros hijos.
