Editorial

Feminicido

“El feminicidio se entiende como la privación de la vida a una mujer por su condición de género, en donde el sujeto activo reúne condiciones o patrones culturales con tendencia a prácticas misóginas o de una ideología de desprecio y discriminación contra la mujer que culmina en un crimen de odio”.
El feminicidio es un delito específico. Reúne características como la discriminación, la misoginia (odio a las mujeres). Es, en esencia, un crimen de odio. Por eso los juristas no tipifican como feminicidio todos los casos de asesinatos de mujeres, aunque la sociedad civil, a través de las organizaciones no gubernamentales, señalan que todo asesinato de mujeres es automáticamente un feminicidio, debido a la condición de desventaja física de la mujer frente a su o sus agresores.
Pero a pesar de que en México hay una tremenda resistencia a tipificar las muertes de mujeres como feminicidios, un informe de la Organización de las Naciones Unidas reveló ayer que en los últimos 25 años en nuestro país se han registrado 35 mil de esos crímenes. Esto es, unos 1,400 asesinatos por año, desde 1987 a la fecha.
Hay algo interesante en todo este asunto. El gobierno justifica, y esa es la percepción global, que la cifra de asesinatos de mujeres se disparó a raíz de la violencia ejercida en el país por los grupos del crimen organizado. Aparentemente eso podría ser verdad, pero la realidad es que solamente 20 de cada cien feminicidios ocurren en ese ámbito, y el 80 por ciento restante en el ámbito personal de las víctimas; esto es, en su círculo familiar, de trabajo y amigos.
Esta estadística da al traste con la idea sembrada de que las mujeres asesinadas en los últimos años, merecían morir, pues llevaban vida de delincuentes. El gobierno en todos sus niveles no puede explicar el otro 80 por ciento de la historia. Y mientras no lo haga, no habrá un combate efectivo contra el feminicidio.
Si se quiere, podemos estar ante una degradación moral de las familias, y ante una regresión moral de la sociedad en su conjunto, que ha afectado directamente a las mujeres de todas las edades.
Podemos ver el lado psicológico del problema, y decir que el hombre se ha tornado más violento, a raíz del incremento también de la drogadicción y el acoholismo que siempre va aparejado, y que esa violencia se está reflejando en un mayor número de muertes de mujeres. Esto sería más sensato, puesto que permitiría entender el fenómeno y actuar en consecuencia, en lugar de estar ocultando cifras o nadar de a muertito.
Lo que sí es cierto que a raíz de que la violencia se desató en el país, la mortalidad masculina supera con mucho la mortalidad femenina en circunstancias violentas. El INEGI cita que en 2010 fallecieron 132 hombres por cada cien mujeres. “La sobremortalidad masculina se observa en todos los grupos de edad, pero se acentúa en la población de 20 a 34 años donde el índice sobrepasa las 346 defunciones masculinas por cada cien mujeres”, indica el organismo.
Es bueno saber que Guerrero fue el segundo estado de la República en tipificar el feminicidio como delito, pero falta ir más allá.
El mundo entero tiene un reto enfrente, que ya no puede ser eludido. Eliminar la violencia de género, de la que derivan delitos tan graves como el feminicidio, pero también la trata de personas, acoso y explotación, que siempre llevan implícito el riesgo de morir para una mujer.
La Conferencia Internacional sobre Derechos Humanos declaró en Viena, Austria, en 1993, que “la violencia y todas las formas de acoso y explotación sexual, en particular las derivadas de prejuicios culturales y de la trata internacional de personas, son incompatibles con la dignidad y la valía
de la persona humana y, por tanto, deben ser eliminadas”.
Por su parte, la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, mejor conocida como Convención de Belém do Pará, define a la violencia contra la mujer como “cualquier acción o conducta basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado. Así como aquella que sea perpetrada o tolerada por el Estado o sus agentes dondequiera que ocurra”.
Ambos marcos internacionales, entre otros más, dejan de manifiesto que la violencia de género no es natural, que es excesivamente perjudicial para el desarrollo de la humanidad y que urge frenarla.

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